La revolución digital no ha dejado de ofrecernos nuevas posibilidades:

Contacto instantáneo, entretenimiento ilimitado, herramientas de trabajo ayer inimaginables…Todas ellas apenas suponen una fracción de la infinidad de aplicaciones que prometen mejorar nuestra calidad de vida. El confort es muy notable, pero queda en duda la situación de la intimidad y la privacidad en Internet.

Auspiciadas por el auge del smartphone y recogiendo millones de datos por segundo, configuran una zona de confort ultracontrolada. En ella, la comodidad eclipsa a la infoxicación voraz y fugaz de contenidos, por lo general irrelevantes y fáciles de olvidar.

Las empresas proveedoras se presentan como entidades pseudoheroicas que luchan por elevar nuestra existencia con la ayuda de Internet.

Esto ya forma parte de nuestra naturaleza, sobre todo para los más jóvenes. Si conceptualizamos a los nativos digitales, más concretamente a la Generación Z, seguramente esbocemos un personaje hiperconectado.

Sociable y en constante contacto con sus amistades, se muestra a la red en un proceso de validación social y reafirmación del ego. 

Por supuesto, no todo son ventajas en este ecosistema de unos y ceros. Los usuarios más jóvenes ven amenazada su salud mental por su adicción a Internet y las redes sociales.

Imagen de William Hook

Siguiendo con los aspectos negativos de la digitalización, en los últimos años han salido a la luz incontables casos polémicos de grandes empresas que utilizaban información personal de los usuarios sin su consentimiento expreso.

La mayoría de apps populares incluyen cláusulas que atentan contra la privacidad del usuario, en muchas ocasiones sin su conocimiento. 

Por poner un ejemplo llamativo: Aunque parezca sorprendente, los términos y condiciones de uso de Paypal son más extensos que Hamlet. Según un estudio de la Comisión Europea, el documento de la plataforma de pagos supera a la obra más larga de Shakespeare:

  • TyC Facebook: 15.066 palabras
  • TyC iTunes Store: 20.066 palabras
  • Hamlet: 30.066 palabras
  • TyC de Paypal: 36.275 palabras.

Nuestra mente se ha configurado para la inmediatez, y las empresas son más que conscientes de ello. Quieren que utilicemos sus servicios, pues somos el motor de su éxito: Para ello complican y abstraen a propósito las condiciones de uso, haciendo que nos resulte muy difícil, hasta el punto casi de despreocuparnos sobre nuestra privacidad en Internet.

No creo que el usuario, por lo general, sea responsable de manera consciente del compromiso al que se somete.

Vinculado a los TyC hay otro concepto interiorizado en el usuario y es el de los Permisos de Aplicaciones. Forma parte de nuestro día a día y lo asumimos como algo normal e incluso necesario.

Cuando damos permiso a una aplicación para acceder a nuestro teléfono, estamos abriendo la puerta a nuestra intimidad.

Millones de anónimos transmiten con ilusión su cotidianidad al público en redes sociales. Puede ser para compartir, sentirse acompañados, o parecerse al influencer de turno. Pocos son los que, recelosos de su intimidad, protegen su información ante terceros:

No me sorprende que menos de un 9% de usuarios se tome la molestia de asimilar los términos y condiciones de antemano.

Ni creo que la mayoría de usuarios de Netflix sepan que, al menos en su versión de Android, la aplicación puede grabar audio del micrófono del dispositivo, o que la app de Spotify puede ver las fotos almacenadas en el mismo.

En 2014, se conoció que Uber almacenaba datos personales nada relativos a sus servicios. Números los contactos del usuario, y duración de las llamadas, además de las más comprensibles coordenadas GPS y direcciones IP.

En 2015, se descubrió el uso que Spotify hacia de los datos de sus usuarios, en principio, para mejorar su experiencia con la app:

Si todos los días a las 7 de la mañana te ibas a correr, por ejemplo, te mostraría una playlist diaria relacionada con esta actividad.

La aplicación era capaz de reconocer tu ubicación, hora del dia y otra información vinculada a tu consumo para personalizar el servicio.

A muchos puede que les resulte lógico, aunque hay que tener en cuenta algo más: Estos datos personales podían ser compartidos con terceras partes con fines publicitarios y de marketing.

Utilizando apps facilitamos a las marcas que nos vendan lo que deseen, pues compartimos nuestro estilo de vida y personalidad al apenas contar con privacidad en Internet.

En la actualidad, muchos permisos suelen ser opcionales, aunque sigue habiendo multitud de empresas que obligan al usuario a ceder su información como peaje de acceso por el uso de la aplicación. 

Durante este 2020, un estudio realizado por Irwin Reyes y Michael Lack de Two Six Labs, confirmaba que un gran número de aplicaciones del Marketplace de G Suite podían acceder a las cuentas de Gmail y Drive de los usuarios, y comunicarse con servicios externos desconocidos para el usuario.

Dicho esto, a nivel personal no voy a dejar de utilizar Paypal, ni voy a empezar a leerme las politicas de proteccion de datos de las webs que visito, supongo que como la mayoría de vosotros.

La privacidad en Internet es un mito: Me da igual qué pueda hacer Google con mis datos demográficos, si son públicos en mi web y redes sociales.

Me da igual qué puedan hacer con mis datos económicos, si se los estoy facilitando a Fintonic para que gestione mis cuentas.

Me da igual qué publicidad personalizada me aparezca, porque a estas alturas, tengo un AdBlock cerebral de primer nivel.

Netflix, Spotify. Los terminos y condiciones de Paypal son mas largos que Hamlet.
Imagen de Tamas Pap

Damos todos los permisos que nos solicite una aplicación móvil ante la ventaja de lo gratuito, y confiamos en que las marcas que nos hacen la vida más fácil realmente se preocupan por nosotros.

Pienso que las empresas deberían comunicar con mayor transparencia sus actividades ocultas, y el uso que utilizan de los datos personales de los usuarios.

Al margen de lo deontológico, en muchos casos podrían ganar en branding al afianzarse como marcas confiables, aunque entiendo que quizá no sea tan rentable.

De cualquier forma, a corto plazo, confío en que las compañías sólo harán uso de una mínima parte del poder que tienen sobre nosotros, aunque sea por la imagen que proyecten. El futuro ya es otro tema.


Publicado por Jorge Campi

Creativo y estratega de comunicación especialista en Marketing Digital e Identidad de Marca. Entre mis pasiones, la producción musical, los videojuegos, los memes, la cocina, el cine y las series.

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